
Es bastante fácil enumerar una serie de rasgos característicos de los jóvenes de hoy; pero sería equivocarse todo si nos detuviéramos en estas características o no fuéramos más allá de las usuales imágenes «planas» o superficiales (jóvenes del presente, hedonistas, amorales, a-religiosos, etc.) Aquel nuevo modo de ser que ellos sienten (aquel moderno e inédito individuo que está naciendo) convierte al joven en una verdadera metáfora del cambio histórico en curso: hace falta leerla hasta el fondo para lograr entender su vida, sus necesidades, sus desafíos… La metáfora de su existencia nos comunica, antes de todo, un mensaje duro y claro: el actual mundo de los adultos no fascina ni entra en los intereses de los jóvenes. Y la denuncia mayor que los jóvenes hacen a nuestra civilización consiste precisamente en su desinterés frente a ella; no se detienen a acusar, no quieren ni siquiera atacar, simplemente ignoran las instituciones, las voces de la sociedad, etc. Sin embargo, en el fondo de esta metáfora es posible encontrar aquella profecía que, para nosotros, debe volverse su vida. Una profecía que encierra al menos tres «llamadas-denuncia»: 1) Solicitud de hospitalidad: quizás es la generación que tiene –o bien ha tenido - todo, pero es también la generación que padece de la falta de «padres», de un «clima afectivo», de «modelos-maestros», de «autoridad». 2) Denuncia de la exclusión: son condenados de un mundo adulto todavía demasiado protagonista a permanecer «en eterno» delante a la «ventanilla de la vida». ¿Qué hacer? A menudo a los jóvenes no queda que «jugar con la vida», divertirse, quizás para huir del gran riesgo, el de la «angustia». 3) Deeseo de «sentirse necesarios»: los jóvenes prueban miedo delante a la soledad, tienen la necesidad de sentir que alguien «cuenta» con ellos, para no caer en el riesgo de un movimiento egoístico de supervivencia.
El cambio histórico del cual los jóvenes son metáfora viene así descrito por Mons. Severino Pagani, en una presentación hecha durante el XV Congreso Nacional del apostolado Bíblico (Roma, 2007): Hoy se constata concretamente que la identidad de un joven es difícilmente configurabile y fatigosamente descriptible: muchos jóvenes no saben quiénes son... En el fondo está el drama del sujeto moderno: la época moderna ha puesto al centro, más que la objetividad de la realidad, la extraordinaria libertad del sujeto.
Nuestra respuesta es: Somos compañeros de viaje de los jóvenes que el Señor nos ha donado en nuestra pastoral juvenil, como también en la pastoral vocacion

al y en el seminario. ¿Pero reconocemos de verdad esta “riqueza” juvenil? ¿Creemos de verdad que los jóvenes son “profecía” de Dios, que nosotros estamos obligados a entender para poder construir completamente el Reino de Dios? La tentación de “hacer” para los jóvenes, o de “hablar” a los jóvenes, en lugar de colaborar y dialogar, es grande. A veces, los jóvenes mismos dicen de quererlo, o al menos dan esta impresión. Pero, si yo creo sinceramente en el joven como portador de profecía, no puedo no invitarlo, animarlo y, porque no, empujarlo a hablar de si, a compartir su persona, sus talentos, sus capacidades, a “conocerse en profundidad”, a “localizar junto con los demás la dirección hacia la cual caminar”, porque en realidad la calle de la realización de si es única, para mí y para él.
En conclusión, los jóvenes “metáfora y profecía” quieren decirnos que no les servimos de verdad, si no estamos con ellos con una motivación seria y grande, realmente paternal: para escucharlos, apreciarlos, animarlos..., y luego caminar con ellos en el camino de la santidad al encuentro del “único Salvador” Jesucristo, en el Reino de los cielos (Extraido de “Jóvenes: metáfora y profecía (Paso a Paso, n. 4)”, Febrero del 2008).