EI cristianismo no es una religión entre muchas otras ni es una filosofía; no es un modo de interpretar la vida; no es una lista de reglas que cumplir; no es una secuencia de rituales; no es un empeño social. EI cristianismo es Jesucristo, verdadero hombre y verdadero Dios.
Muchas personas han hablado, hablan y hablarán de Él. En muchos libros y revistas se han escrito sobre Él y en muchas películas han tenido como centro a su persona. Igualmente, muchas interpretaciones e imaginaciones se han construido sobre de Él. Pero el verdadero Jesús sólo lo encontramos en los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Los evangelistas, junto a las comunidades cristianas, rezaron, vivieron en la unidad, recordaron y meditaron sobre todo lo que Él había hecho y enseñando. De esta manera, escribieron los Evangelios, que son diferentes en algunos aspectos, porque distintas fueron sus experiencias de fe y sus comunidades. Yo he leído con los ojos del corazón y la fe estos Evangelios y he descubierto quien es Jesús para mí.

Muchas veces me he preguntado, ¿cómo fue físicamente Jesús? Los Evangelios no hablan claramente sobre esto. Ni se sabe sobre el color de su piel, de sus ojos, si fue alto, etc., pero se tiene la seguridad que sus contemporáneos lo vieron como una persona especial, diferente a los demás, sobre todo por lo que hizo y dijo. Con su testimonio de vida encolerizó a los poderosos y a quienes educaban al pueblo a su antojo. Pero se ganó las simpatías de la gente simple y humilde: “Mientras Jesús decía estas cosas, una mujer que estaba entre la gente exclamó: ¡Feliz la mujer que te dio a luz y te crió a sus pechos!” (Lc 11,27); y también “Cuando Jesús terminó de hablar, la gente estaba profundamente impresionada por sus enseñanzas” (Mt 7,28).
También me he interrogado si sus ojos tenían una fuerza especial. Las miradas de Jesús impresionaro

n a quien lo vio con humildad y sinceridad. Tuvo una mirada penetrante hacia Simón, cuando fue presentado a Jesús por su hermano Andrea: “Y se lo presentó a Jesús, quien fijando en él la mirada, le dijo: Tú eres Simón, hijo de Juan; en adelante te llamarás Cefas que quiere decir Pedro” (Jn 1,42). Tuvo una mirada cariñosa hacia el joven rico, que le preguntó que debía hacer para heredar la vida eterna: “Entonces Jesús, mirándolo con afecto le dijo…” (Mc 10,21). Miró profundamente a Zaqueo, el jefe de los publicanos (quienes robaban y explotaban al pueblo, con la excusa de recoger los impuestos del gobierno), que subió sobre un árbol porque quiso verlo pasar. “Al llegar Jesús a aquel lugar, miró hacia arriba, vio a Zaqueo y le dijo…” (Lc 19,5).
Sus ojos conocían el corazón y el comportamiento de las personas. Vio con pena algunos ricos que dieron su dinero superfluo al Templo y vio con ternura a la pobre viuda que ofreció al Templo todo lo que tuvo (Lc 21,1-4). Vio con tristeza la actitud inmoral de los vendedores del Templo, que estuvieron allí no para rezar, sino para ganar dinero, lucrándose de la gente (Lc 19,45). Miró con dolor y desilusión a Judas, uno de sus escogidos, uno de los Doce, que lo traicionó con un gesto de amistad (Lc 22,47-48). Sí, los ojos de Jesús hablaron con intensidad. Aquellos ojos, aquella mirada profunda, un día llegaron a lo profundo de mi vida y lo seguí. También hoy, todos los días, aquellos ojos continúan mirándome a lo profundo de mi alma y me piden serle siempre fiel. Y yo sigo siguiéndolo porque tengo confianza en Él.